Las hazañas de un joven Don Juan, de Apollinaire

29 jul. 2011 0 comentarios



Reseña:


Las hazañas de un joven don Juan, de Apollinaire, es una de las obras en las que el erotismo y la ironía se unen con más asombrosos resultados. Maligno, lúbrico, casi demoniaco, Apollinaire juega con los instintos del lector, calienta su imaginación y le hace dudar si en verdad es erotismo lo que se le ofrece o es un infame juego de espejos deformantes que pretende mostrar al lector desprevenido sus más ocultas perversiones. Apollinaire nos cuenta la historia de Roger, el hijo de un matrimonio de la alta burguesía francesa, que se marcha de vacaciones a su castillo en el campo, con su madre, su tía y dos de sus hermanas; fornicará -salvo con su madre- con todas las mujeres de su familia y con casi todas las del servicio. Por delante, por detrás, por arriba y por abajo. “Las hazañas de un joven don Juan” es un pequeño catálogo de perversiones y pecados; incluso viola el secreto de confesión al escuchar las revelaciones íntimas que todas las mujeres del castillo hacen al cura, incluyendo la confesión de las perversiones sexuales de su padre, que le complacen extremadamente. Hay sodomía, felaciones, homosexualidad entre mujeres, estupro, incesto, lamidas de ano, olores de excrementos que le excitan... Es todo un inventario de depravaciones que más bien parece escrito para ironizar sobre la literatura pornográfica y sobre los vicios de la sociedad francesa.

Apollinaire escribió Las hazañas de un joven don Juan entre 1910 y 1913, casi en la misma época en que creó su mundialmente conocida “Las once mil vergas”, obra en la que coincide en ausencia de seriedad y trascendencia, en sus valores satíricos y humorísticos. En el fondo, parece que el autor se ha burlado del lector y ha sacado a la luz sus más bajos instintos. Apollinaire es el seudónimo de Guillaume Kostrowitzky, nacido en Roma, en 1880, y muerto en París en 1918. Entre sus amigos figuraban autores como Picasso, Braque, Max Jacob, Paul Eluard, Louis Aragon, Alfred Jarry, Marie Laurencin y André Breton, lo más selecto de entre los creadores de la vanguardia y del Surrealismo. Personaje heroico, glorioso, excesivo en lo bueno y lo malo, en 1914, al estallar la Primera Guerra Mundial, se enroló en el ejército como voluntario; fue a la guerra, resultó herido en 1916 y regresó a París, donde continuará su trabajo literario. Entre las obras de Guillaume Apollinarie destacan: Alcoholes, y Los pintores cubistas, en 1912. En 1916, a su vuelta a París, publica El poeta asesinado. Las once mil vergas apareció en forma anónima en 1907 y sólo se publicaría firmada con su nombre en 1930, tras su muerte.



Crítica: 


Despertad, almas de la noche: os suplico un poco de atención.

Semanas atrás os hablé de una novela con el título de “Las once mil vergas” escrito por Monsieur Guillaume Apollinaire. Como entiendo que os dejáis llevar por mis deliciosas palabras, supongo que habréis echado el vuelo hacia la librería/biblioteca más cercana para leer esa aventura sexual de varias noches de verano. Si aún no lo habéis hecho, ¿a qué demonios estáis esperando?


Anyway, aquí tenéis una segunda oportunidad de disfrutar con el desbordante sentido del erotismo de tan simpático auteur. Ésta lleva por título “Las hazañas de un joven Don Juan”, y a decir verdad me ha gustado aún más que “Las once mil vergas”. ¿Qué le habrá llevado a Miss Astor (recalco lo demiss por si hay algún lector de género masculino entre mis devot@s fieles interesado en algo más que en mi cerebro…) para que le guste más esta obra de Apollinaire que la otra, os preguntaréis? Pues nada más y nada menos que sus sutiles diferencias.


Para empezar, ésta sí que es verdaderamente una obra erótica. Los pasotes sexuales –algunos de ellos aberrantes para una mentalidad aburguesada cual la mía– de los que hacía gala Apollinaire en sus muy imaginativas once mil vergas dejan paso aquí a un entorno, unos personajes y unas escenas eróticas bañadas de sensualidad.


Roger, el protagonista de esta historia tan picante, es un adolescente que va descubriendo su sexualidad durante sus vacaciones en un castillo familiar (¿quién no tiene uno para el verano?). Lo original de la historia es que las mujeres que le rodean –y con las que vivirá sus primeras experiencias sexuales– no son solo las doncellas y sirvientas del castillo, sino también su tía y sus dos hermanas. La madre se libra no se sabe bien si por olvido, por respeto o por fea. Solo decir que en este harén en el que se convierte el castillo familiar, el linaje de nuestro playboy en ciernes continuará… Idea tan efervescente como inquietante.


De especial interés es el capítulo en el que el pícaro Roger entra a hurtadillas en la iglesia y escucha las confesiones de las mujeres de su casa. La sexualidad femenina se desnuda vía oral para disfrute de las orejitas de nuestro protagonista.


Asomaos, almas pecadoras, al pequeño universo de este picha brava junior. Os prometo que no os arrepentiréis.


Una vez más vuestra y dispuesta para cualquier asunto de tipo sexual,
 


Madeline Astor



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